sábado, 3 de diciembre de 2011

David Ignacio Molina


Perdición…

Hija de Familia, creada a partir de un sueño de belleza y brillantez. Precozmente empantanado por un autoengaño, me sumergí en el torbellino de un deseo maldito, hundido en mares de amargura inconclusa… navegué buscando la promesa de felicidad de Eros, promesa que el mismo dios me arrebató. Luché contra la Divinidad de mis padres, seduciendo los seres santos de los monasterios, de cama en cama, de beso en beso, de abandono en abandono… dejándome amar y llagando otras almas con la herida inmortal del amor.
Me he vengado de Dios… del dios que me engañó con ilusiones de amor, para luego quitármelas… cercenando para siempre mi fe.




Tejido De Ausencias…


¿Por qué temer perder lo que jamás se ha poseído?... ¿Qué es esta ausencia larga y acostumbrada?...

Una ausencia cansada, una costumbre de extrañar y de besar el aire que va al sur…

Una costumbre malsana y oscura de la que no puedo deshacerme. Costumbre que es como una red de sombras que me rodean, que parten de mis propias proyecciones, que vuelven a mí… Sombras que giran y se convierten en red, en telaraña, en barrotes de hierro de una cárcel labrada por largos años.

¿Dónde estás?... Tal vez nunca has estado fuera de mí… Expansión de mi inconsciente, gran esperanza y gran decepción. El problema es mi ilusión desmedida o tu indolencia… ¿O ambas?

Tejido del cual soy la araña, el tejedor que enreda y desenreda… el que se enreda en teorías fabricadas sobre el mundo… y te enreda.

Hambre de ti, como arácnido deseoso de poseer su presa, representante de la insatisfacción… de la satisfacción no resuelta y acumulada. Hambre eterna de un objeto que no existe, eso es lo que te cobro: Que no te parezcas a lo que no existe o a lo que existe sólo en el tiempo mítico del sueño…

Y aquí estoy, aquí he estado y estaré, tejiendo ausencias para intentar construir un sentido…





Danzando con una sombra

“El Eterno juego de la seducción: Aquel que se enamora, pierde”[1]
Circe, poderosa Circe, hechicera nocturna, inteligente y sabia, fabricante de filtros de amor y muerte…
Los hombres te rendían tributo, se convertían en los juguetes de tu deseo siempre insatisfecho… Y tú los envolvías con magia, con belleza… hasta que te aburrías y los convertías en cerdos repugnantes, enrostrándoles sus debilidades humanas…
Hasta que llegó él… Odiseo, de mares lejanos, Odiseo siempre enamorado de su esposa en desesperante espera, Odiseo, astuto y necio, soberbio provocador de la ira de los dioses…
Ni todos tus bebedizos, ni todo tu amor, ni toda tu magia lograron enamorarlo, no lograron que ella desapareciera de su memoria… Lo envolviste, lo enredaste hasta hacerle olvidar la noción del tiempo… perdiendo cinco años de vida, alargando su búsqueda en el mar.
Y en todo tu repertorio de estratagemas mágicas, en tu telaraña femenina la única enamorada fuiste tú… Amor que menguó tu poder…
… Y él se fue…

Medea, hechicera pasional, desesperada, trágica, traicionera…
Tu amor por Jasón te llevó a utilizar tu poder mágico ancestral, heredado de las magas de tu familia, para ayudarlo a conseguir lo que su ambición pretendía, arrastrando por delante a tu padre, a tu hermano, a tu pueblo…
Tu encanto se agotó persiguiendo la ilusión de Jasón y luego él se fue con cualquier princesa tonta de tiara deslumbrante… abandonando tu entrega, abandonando tu sabiduría, abandonando tu magia… después de que tu abandonaste todo por una estrella fugaz.
En tu desesperación, cual llorona loca en busca de retaliación, mataste a tus hijos…

Dido, reina huidiza, de Fenicia a África fue tu viaje al morir tu esposo, asesinado por tus enemigos… Sola levantaste Cartago, tu poder y realeza venían de adentro, de tu linaje…
Eras autoridad y magnificencia, inspirabas la obediencia allí donde tu presencia se impusiera.
Un día cualquiera, como llegan las lluvias, llegó Eneas, a quien le ofreciste tus dones, tus posesiones, tu reino. Eneas, guerrero vencido y cansado, ebrio del deseo de poder, aceptó tu reino… pero no fue suficiente…
… Núnca es suficiente…
… Nada es suficiente…
Partió a buscar destino, fortuna, retaliación. Te quedaste nuevamente sola, por segunda vez, mirando en el mar el barco que se iba.
Una daga sagrada sobre una pira sacrificial fue el final de tu vida terrena, eso y una maldición de conflicto y guerra entre tu pueblo y el de él.
Eneas bajó al Hades, a la oscuridad, a la muerte, buscando las respuestas que la vida no le había dado y allí te encontró, silente y sombría, con mirada impasible ante su justificación culpable… y te perdiste de nuevo entre las sombras mortales, dejándolo solo con sus luchas… que ya no eran tuyas… que nunca lo fueron.

Seres poderosos, fuertes, sabios y encantadores; devastados por una pasión fugaz, por una ilusión construída en sus mentes, por un autoengaño que proviene de quien sabe que experiencia profunda y antigua… Seres al final solos, solos, solos… Que cambiaron, que cambiamos la magia por la soledad… que queremos recuperar el encanto de amar la libertad, en lugar de las cadenas.

Bienvenidos, Bienvenidas a esta danza…


[1] CASTELLANOS, Susana, Mitos y leyendas del mundo, Ed. Intermedio, 2007, 380 págs, pág: 269

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